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Vivir sin miedo

  |   Gestión del cambio, Inteligencia emocional, Liderazgo personal   |   No hay comentarios

 

Hoy me gustaría hablarte del miedo, un compañero de viaje a lo largo de nuestra vida. Si nos preguntamos si podemos vivir sin miedo la respuesta es que es imposible. Nos protege en innumerables ocasiones pero también nos limita en muchas otras.

 

El miedo nos prepara ante situaciones que requieren atención, nos pone en alerta. Y esta función es positiva ya que nos indica que algo es importante y nos ayuda a prepararnos. El problema del miedo es cuando no nos deja avanzar, cuando nos paraliza o nos hace sentir más inseguridad de la necesaria, es cuando actúa como un limitador para nuestro propio desarrollo.

 

El miedo es capaz de mantenerte en ese puesto de trabajo que ya no te aporta nada, te empuja a tirar la toalla en ese proyecto que tanto te ha costado poner en marcha, evita por ejemplo que hagas cosas distintas en tu tiempo libre como viajar, o puede incluso generar un ambiente de inseguridad constante en tu familia. Otras veces está detrás de limitaciones más pequeñas como conducir (“es que no se me da bien…”), hacer algún deporte (“y si me lesiono”) o incluso ir al médico (“y si me dice algo que no quiero escuchar”). Detrás de los “y si…” y los “es que…” suele haber algún tipo de miedo.

 

El miedo es una emoción básica que nos ha ayudado a sobrevivir como especie hasta la actualidad ya que pertenece al sistema defensivo de la naturaleza. Nos invade como cualquier otra emoción provocando efectos fisiológicos y endocrinos en nuestro cuerpo: palpitaciones, dificultad para respirar, molestias gastrointestinales, temblores, insomnio, aumento de la adrenalina y la noradrenalina (hormonas que invitan a afrontar el peligro) y el cortisol (invita a la parálisis o a la huida).

 

Tiene muchas formas: ansiedad, nerviosismo, aprensión, preocupación, consternación, inquietud, cautela, incertidumbre, terror, fobia o pánico. Ante una situación en la que sentimos miedo las respuestas que se producen de forma natural son la huida, el ataque, la inmovilidad o la sumisión.

 

Cuando nos escuchamos a nosotros mismos diciéndonos “no soy capaz…, esto es imposible para mi…, a mi edad…, no tengo tiempo…, no tengo experiencia suficiente…, no puedo…, tengo que pagar la hipoteca,…” detrás está el miedo. El miedo al rechazo, el miedo a no llegar a fin de mes, el miedo al fracaso, el miedo al cambio, el miedo a perder poder,… Y ante esos miedos podemos adoptar actitudes pasivas o de victimismo o podemos sentir rabia, enfado o estrés.

 

Ante estas actitudes y sentimientos que el miedo nos produce en situaciones que no son de peligro real, es necesario darnos cuenta y reconocer que los que sentimos es miedo para poder decidir qué hacemos con él.

 

Un antídoto para el miedo es la valentía, es enfocarnos en todo aquello que podemos ganar, es pensar en todas aquellas veces que lo hemos hecho bien y que nos hemos sentido seguros y capaces, es tomar al miedo como un compañero de viaje y reconocer que es natural que lo sintamos pero que nosotros podemos gestionarlo. Es deshacer ese nudo del estómago desde nuestra propia actitud, nuestra corporalidad y nuestra mente. Cuando nos enfocamos en momentos positivos, en esos momentos en que sí fuimos capaces, nuestra experiencia emocional cambia y nos ayuda a encontrarnos mucho mejor y con otra visión de las cosas en nuestro día a día. Otra forma de superar el miedo es restringir o ampliar nuestra atención. A veces nos conviene restringir la atención en el día a día, en el “ahora”, para impedir que el futuro no nos deje contemplar el presente, y otras veces, nos conviene ampliar la mirada hacia el futuro, para tener esperanza y sobrellevar mejor el presente.

 

¿Y tu, sabes cuáles son tus miedos? ¿Qué vas a hacer con ellos?

 

¡Feliz semana!

 

 

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